En 1915 al gobernador Ernesto Padilla se le ocurrió traer un gran menhir desde El Mollar para engalanar la ciudad por las fiestas del Centenario de 1916. El megalito gigante, de 3.10 m de altura por 0,50 de ancho y 0,20 de espesor, había sido descripto en 1897 por el naturalista Juan B. Ambrosetti. Contó que en 1896 el estanciero Miguel Esteves le avisó que en tierras de Justinianio Frías “se hallaba una gran piedra con signos grabados”.

Padilla obtuvo los permisos de la familia Frías Silva para el traslado y encomendó al naturalista Clemente Onelli, director del Zoológico de Buenos Aires, elegir la ubicación del menhir y dirigir la instalación.

Se encomendó el traslado a un tafinisto experimentado, Segundo Ríos Bravo, y se puso a su disposición 40 hombres. Un fotógrafo, Luis “Perillo” Posse, documentó el viaje a caballo, que duró un mes por peligrosas sendas y ríos torrentosos. En esa época no había camino. Ríos Bravo hizo construir un “alpa” de cueros de oveja y madera fuerte con ruedas de carro; lo envolvió en cueros y lo ató.

La expedición salió el 4 de octubre de 1915 y llegó a Acheral el 3 de noviembre. Cuando la gente de la montaña preguntaba qué llevaban, le decían que se trataba del cadáver de un indio, muy viejo y muy rico, que había dispuesto que lo enterraran en Tucumán. “Bienvenido el gigante de piedra”, escribió en LA GACETA Ricardo Jaimes Freire, que celebró la “feliz idea” del gobernador. El 6 de noviembre fue instalado el megalito de 1.800 kilos, cerca de la casa del Obispo Colombres, orientado estratégicamente como reloj solar.

Recuerdos fotográficos: una serie de inutilidades repartidas por la ciudad en 1957

Allí estuvo 62 años hasta que en 1977 fue trasladado a El Mollar, donde se haría un efímero “Parque de los Menhires”.

Más información: “La odisea del menhir más famoso”, por Carlos Páez de la Torre (h), (28/12/2014)